Archivo de la etiqueta: Death cab for cutie

[The drums] Contrastes surfeables

the-drume

Llámalo evolución, llámalo madurez (musical). Tras la soleada y petante ópera prima homónima los de Brooklyn reorientan las quillas dirigiendo sus tablas hacia sonidos más texturizados y por momentos hasta crípticos, presentes y palmarios en Let me  (misteriosa y sorpresiva desde su primer e improntante cambio de ritmo) y Bell laboratories, una neblina reptante de encriptamiento creciente.

El tercer largo es un momento clave, The drums no toman atajos y se decantan por una actitud experimental y por tanto valiente, muy valorable. Su indiscutible frontman Jonathan Pierce lo resume a la perfección, “queríamos un mundo onírico pero además hemos querido equilibrar la balanza con las letras, muy directas y honestas cuando no políticamente incorrectas. Queríamos decir lo que tenemos en el corazón en lugar de hacer otro disco con canciones de amor bonitas para escuchar de fondo. Estamos listos para perder a fans que sólo nos siguen por Let´s go surfing”.

Desde los 2 primeros cortes la declaración de intenciones es bien marcada, es sonido Drums sí, pero el rollo va a ser otro. Tras su primigenio “pop saltarín mantiene su olfato melódico con una honestidad cruda abriendo nuevos caminos” (J. C. Peña). La decisión se tomó en su momento y los neoyorkinos actúan en consecuencia. La vela que va delante es la que alumbra y para qué esperar, que se note desde el primer corte. Magic mountain se abriga en ráfagas traslúcidas con un giro final bastante logrado. Pierce nos pone en antecedentes, “cuando sales en la portada del NME 4 veces en un año muchos van a querer ser tus amigos y si dejas de salir buscan otras cosas. Inicialmente nos jodió bastante pero de ahí surgió, es una canción sobre darte cuenta de lo que es bueno y lo que no”.

El álbum rezuma seguridad por su apuesta. Pese a su directo ampliado el núcleo duro es el que es. Jacob Graham y J. Pierce, que sigue yendo de frente y que puede servir de ejemplo a más de una banda bastante multiformato, “en el momento en que nos dimos cuenta de que ser 2 no es una debilidad sino nuestra mayor fortaleza el disco salió de modo muy natural”.

Teclados elegantes, máquina del tiempo intermitente hacia los 80, pasajes deliberadamente (filo)oscurantistas. La propuesta es variada entre una constante oscuridad con escapadas de luces al final del túnel y moraleja y poso liberadores. Hay fases de exquisitez melódica: destellos Pixies en I can´t pretend, la versión más intimista de Nada surf y trazas de Death cab for cutie en I hope time doesn´t change him, el reposado cierre Wild geese cual final de temporada de una buena serie, matizada por una estructura que va subiendo al mejor estilo Sigur rós y con ecos de Postal service. Cuando la luz se abre paso se agradece, son las ocasiones de la dupla de temazos Kiss me again (inicio refrescante, vitaminada, estribillo redondo y rotundo) y Deep in my heart, corte muy reminiscenciable de los atardeceres de su debut y Portamento.

La reflexividad y ritmo lo-fi a flor de piel (puro bizcochismo ilustrado) de Brake my heart se hermana con US national park, otro tempo para la pausa. La contundencia nos la darán Face of god (el cabalgamiento de la batería la empaca desde el origen) y There is nothing left, una pieza fluida, emotiva y hasta con tintes épicos.


[Poomse] Trasluces isleños

a0405377614_10

Sólo tienen prisa los delincuentes y los malos toreros. Poomse vs the kingdom of death (2014) se mueve entre delicadas punzadas de rock experimental y del mejor angloemo. Como esa atracción del parque de atracciones o ferias fritangueras al uso dónde te vas adentrando en oscuridades sorpresivizantes sin saber muy bien qué te vas a encontrar pero con la (extraña) sensación de que te apetece volver a subirte.

Discurso soterrado, reptante que se va desgranando tomándose su tiempo a través de pasajes que se enriquecen con cada nueva escucha fluctuando y fortaleciéndose entre vaporosas atmósferas. De atractivas dicotomías hay partes que destilan positivismo y otras de esencias posrománticas que me recuerdan a rarezas y a los viajes más aventureros de Nada surf (banda exquisita y legendaria dónde las haya) completando parte de su puzle con texturas muy cercanas a Death cab for cutie y claroscuros tintados hacia las onirias más prohibitivas de Phoenix.

La victoria más amplia contra (la oscuridad d) el reino de la muerte llega a su tiempo con el séptimo corte, August, 2011, que se reviste de la estructura perfecta: tempo medido, melodía y estribillo pegadizo, cambios de ritmos precisos y atinados.

Se mueve “entre el costumbrismo y la épica” surcando nocturnidades hasta desembarcar en “la luz, siempre la luz como fin de trayecto. Trate de imaginar luces que parpadean y terminan perdiéndose en medio de las sombras hasta que de repente vuelven a centellear, pero esta vez dibujando pequeños puntos de luz [hacia] nuevas sendas a recorrer. [Una] epopeya sobre la vida y todo lo que dejamos atrás. Porque todo se reduce a eso, a esa gran luz que encontrar[emos] al final del trayecto” (Tomeu Canyelles).

El eficiente slowcore y los retazos de shoegaze en Poomse se interseccionan con capas sin prisa pero sin pausa. El álbum de principio a fin investiga y se adentra en las penumbras para salir siempre con elegancia, reforzado. Bucólicas bohemias, anaranjados atardeceres, repiqueteos de lluvia afuera protegidos con una pétrea chimenea para (auto)reconciliarse y acabar saliendo del laberinto sonoro con dulzura y dignidad.

Una recomendable y selecta obra para seguirse sorprendiendo y autodescubriéndose con la buena música, en la que merece la pena detenerse olvidándose de (casi) todo lo demás.